Tres días en Monteverde: lo que aprendí corriendo 100 km
Los 100 kilómetros en Monteverde me hicieron darme cuenta, bastante rápido, de que esto iba a ser algo muy diferente a todos los otros retos que me he puesto. Antes de salir, los nervios y la ansiedad me tenían con náuseas. Sabía el nivel y la experiencia de la mayoría de las personas que estaban ahí y se sentía un poco abrumador. Por dicha, apenas empezamos a movernos, los nervios se me quitaron… a los 10 kilómetros se me unió Ronald, y nos fuimos acompañando el resto del evento. Se convirtió en simplemente seguir hasta completar los 38 km y 1380+ metros de elevación. Cruzamos ríos, subimos potreros y mucho terreno técnico que no había practicado tanto.

Logré completar la etapa llegando al campamento que nos habían montado en una plaza de fútbol. Me bañé, me cambié de ropa y cenamos mientras escuchábamos la charla sobre la logística del día siguiente.
Ya después tocaba descansar, pero durante la noche llovió e hizo mucho viento, por lo que dormir fue muy difícil.
El segundo día…

El segundo día me hizo cuestionar todo, desde querer retirarme del evento hasta no volver a correr en montaña nunca más. Tocaron unas secciones de barro donde por cada dos pasos que daba sentía que me devolvía tres.
El viento y la lluvia golpearon durísimo, al punto de que en el kilómetro 20 perdí la gorra. Como las tenis del primer día terminaron empapadas, me tocó usar el otro par que llevaba, y esas ya tenían bastantes kilómetros encima. La falta de agarre y llevar el pie mojado me hicieron unas ampollas en el talón derecho.
Aunque sentía las ampollas, le puse un poco para llegar lo más rápido posible al puesto de asistencia del kilómetro 26 porque sabía que ahí estaban mi esposa, mi hijo y mi hermana. Verlos me dio un empujón enorme, al igual que saber que solo faltaban 10 kilómetros para terminar la etapa. Los últimos kilómetros fueron en una bajada de asfalto muy empinada; ya fatigado y sin técnica de carrera, empecé a sentir un dolor en la parte posterior de la rodilla izquierda; una molestia que se mantuvo por más de un mes después del evento.
El campamento esa noche iba a ser en los pasillos externos de una casa en Río Chiquito. No había ducha, por lo que tocó usar una manguera para quitarse el sudor y limpiarse un poco. Luego, la misma dinámica: cenar, charla técnica y alistar las cosas para el tercer día.
Lo que funcionó y lo que faltó entrenar

Analizando la carrera con calma, la estrategia de nutrición e hidratación con las alertas del reloj funcionó a la perfección. A Ronald le daba gracia lo mucho que sonaba mi reloj, pero terminó haciéndole caso a los avisos y eso nos mantuvo bien a los dos.
La gran lección aquí, tanto para mí como para lo que transmito en Liquid Sport, es que no sirve de nada solo acumular metros de elevación en los entrenamientos. Es importante practicar terreno técnico, bajadas incómodas, barro, cruces en ríos, correr con las tenis y medias mojadas desde el inicio… todo esto frena el ritmo y desgasta más.
Tampoco podemos buscar solo el clima bonito; hay que entrenar bajo el frío y la lluvia fuerte, tal como me tocó en uno de los fondos de 30 km en la preparación.
El cierre en la meta

Faltando como 2 kilómetros de los 25 totales de la tercera y última etapa, ya se veía el centro comercial donde estaba la meta y ahí el ánimo cambia por completo. Terminar, ver a mi familia y completar esto después de tantas horas de entrenamiento hace que todo valga la pena.
Monteverde me dejó exhausto, con mucho por aprender y mejorar. Escribir esto tiempo después, ya recuperado, me sirvió para terminar de asimilar todo y confirmar que me gusta salirme de mi zona de confort, algo que le recomiendo a cualquiera probar al menos una vez. Ahora toca preparar lo que sigue… 105 kilómetros seguidos, 3000+ metros de elevación y un tiempo de corte de 24 horas.





Comentarios